Nora Emilia / 09 - Abril - 09
La forma correcta
Divorciada y con dos hijas esperaba ansiosa las vacaciones de semana santa, las largas tardes que el cambio de horario trae consigo y los tres días que Victoria me invitó a pasar en Tepoztlán con su grupo de amigas que se llaman así mismas “Las alquimistas”, porque se conocieron tomando un curso de filosofía que se ha extendido a todos los jueves del año. A mí me han adoptado como una más del grupo. Me encanta oír sus conversaciones filosóficas, su forma imperativa de buscarle a la vida sentido. “Dios tiene su infierno: es su amor a los hombres”, citan a Nietzsche y luego a Platón: “La formación del hombre no consiste en introducir en él conocimientos, sino en cambiar la dirección de la mirada". Yo me deleito escuchándolas. Las conocí en una comida que organizó Victoria en su casa y aunque yo no asisto a sus clases con regularidad, me pasan las lecturas y no me pierdo las comidas ni las parrandas que organizan.
La mayoría tiene hijos de más de dieciséis y escucharlas, además de ser un placer, es para mí una oportunidad de aprendizaje. La última vez que estuve entre ellas, me vino a la cabeza la frase del libro “Nieve” de Orhan Pamuk: “Las personas que buscan sólo la felicidad, nunca la encuentran”, y es que eso justamente es lo que yo quiero transmitirle a Marcela, quien se queja continuamente de cómo percibo nuestro entorno de una manera distinta a la suya. Muchas veces, después de hablar con ella, me quedo con la sensación de que la vida actual no le ofrece reto alguno, o más bien, que mi hija se ha habituado tanto a la buena vida, que ha perdido la posibilidad de asombro, como si su generación estuviera contaminada de un enojo continuo por el mundo que les hemos dejado.
—No es mi culpa que no haya entrado la llamada, mamá. Te pones de verdad muy paranoica —me decía Marcela cuando la estaba recogiendo del cine como a las ocho de la noche—. Yo me sé cuidar —continuaba defendiéndose de que yo llevara casi media hora tratando de comunicarme con ella sin conseguirlo porque no había señal dentro del cine y los cuarenta minutos que pasamos sin conexión, me parecieron aterradores. El silencio reinó hasta que llegamos a casa.
—Avísame con un mensajito cada vez que entres al cine —le dije con calma para finalizar el asunto—. Checa la próxima vez si en la sala hay señal. Comunícame a qué hora termina la película para que yo sepa dónde estás y saber cómo organizarnos. No sé, haz lo que tengas que hacer para que no nos pasen estas cosas. Entiende, me pongo histérica —le exigí sin saber si era la forma correcta de hacer que entendiera que si no nos apoyamos, su adolescencia la íbamos a padecer las dos.
—Bájale, má. No te pongas así. Tienes razón, pero fue sin querer —se disculpó—. Por otro lado, ve cómo te pones. Tienes que llevártela más leve, ¿no crees?
—No es de bajarle, es de volverte un poco más considerada y responsable —le dije tratando de guardar la calma, pero harta de que no hiciera empatía conmigo. En lo que le respondía, vi entre sus cosas un sobre color canela como el que encontré en mi bolsa la semana pasada y del que hasta hoy todavía no tengo idea de quién era el remitente ni cómo fue que apareció ahí— ¿Qué es eso? —me interrumpí alterándome. Ella miró entre sus cosas y lo vio— ¿Quién te lo dio?
—Ah, sí. Me lo dieron para ti —el sobre estaba cerrado y tenía mi nombre. Diego Cristian decía otra vez el reverso—. ¿Dónde te lo dio? ¿Cuándo te lo dio? Seguro es un loco. ¿Quién te lo dio? —le repetí más fuerte.
—Mamá, era un tipo normal. Me lo dio y punto… ¿Qué te pasa? ¿Por qué un loco? También por eso me regañas, ve cómo te pones, estás mal —al llegar se fue a su recámara y yo me quedé con el sobre color canela entre las manos.
Me metí a mi cuarto y ansiosa abrí el sobre. Quedé absorta y ensimismada releyendo la carta tres, cuatro y muchas otras veces más. Nuevamente las palabras de este hombre, que ni idea tenía de quién era, me dejaron cautivada. ¿Cómo se atreve a mandarlo con mi hija? ¿De qué se esconde ese hombre? ¿Qué tanto sabe de mí? ¿A qué está jugando? ¿De dónde me conoce este tipo? Una cantidad enorme de preguntas comenzaron a atiborrarse en mi cabeza de un segundo a otro. Las palabras de Diego Cristian no me daban ninguna clave, pero cada una de sus letras aceleró de nuevo mi corazón. Su poema decía así:
“Quiero esa rosa que sólo abre sus pétalos en una brutal acogida. Quiero tus copas felinas, tu piel jaguar, y beberte a gotas. Quiero derretir el chocolate de tus pecas. Quiero el cascaron y el contenido, las formas y el fondo. Quiero el botón que se abre hacia adentro. Quiero las comisuras, quiero el mar más tenue.
Quiero dejar de ser yo, perderme en ti, acortar, desaparecer las distancias. Quiero que todo tu cuerpo diga mi nombre. Quiero que tu boca se seque de palabras. Quiero romperte en una sonrisa. Quiero tatuarte algo indeleble.
Quiero encontrar la forma correcta de llevarte a las formas incorrectas”.
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