Nora Emilia / 16 - Abril - 09
Una pijamada en Tepoz
Divorciada y con dos hijas me lancé con Victoria a Tepoz en busca de energía. Nunca antes nos habíamos ido juntas de pijamada, nunca siquiera habíamos jugado a las amiguis-“best friends”.
A la primera que vi llegando fue a Karla, mi maestra de TAI-CHI-CHUAN. Sentí una enorme emoción de encontrarnos ahí. Para mí, es un honor convivir con mujeres de su calibre. Conocer su mundo, escucharla.
En la alberca estaba una chava como de unos treinta, dando un masaje jan-su. Luego Pini me explicó los principios del masaje de agua.
—El agua es vida que da vida. Es el elemento esencial que nos une a los demás y nos remonta a la época embrionaria. El secreto está en relajar el cuerpo y dejar que el otro te mueva con suavidad. Como el agua tapa los oídos, la transportación es total e inmediata.
Éramos ocho. La dueña de la casa sacó unas botanitas y emocionada nos mostró a todas el libro que resume la lucha bien ganada de la despenalización del aborto que inició desde la década de los treinta. Con datos duros y argumentos sólidos se hace un recuento de los dos años en los que en la ciudad de México ya está legalizado el derecho de abortar. Términos como maternidad voluntaria, respeto por el derecho a decidir, libertad de conciencia, prevención entre adolescentes y vida digna, llenan los capítulos del libro. Brindamos con una sensación de libertad y triunfo, con un “sí se puede” tácito y con la seguridad que ése fue un paso importante para los mexicanos.
Al día siguiente, Maruza sacó una cantidad de productos orgánicos para el cuidado del cuerpo y la salud provenientes de Suiza y del Brasil. Ella se daba a la tarea de darnos un producto natural que por el simple olfato comenzaba a surtir un efecto de bienestar.
Me enteré que la razón que las había unido era acompañar a Carmen, la maestra de filosofía, una mujer guapa, fuerte y con la mirada generosa. Ella venía de recibir su primera quimioterapia. Era una reunión feliz y cercana. Karla platicó que había guiado a su maestra a partir de la relajación ayudándola a recorrer cada centímetro de su cuerpo con la mente para que ella sintiera su luz.
—Hicimos un trabajo cuerpo-mente-espíritu para entrar en contacto con ella misma impregnando en esa unidad toda su sabiduría aprendiendo a distinguir y no a dividir —decía Karla—. Dejamos que el aire entrara a su cuerpo como el viento; que se sentara en la quietud de su montaña; que sintiera su ser de agua en un lago tranquilo; que se imaginara transparente; que se viera reflejada en su lago interno. Cuando se logra esa totalidad, sueltas lo que no te sirve e inhalas bienestar
—escuchábamos sus palabras sin interrumpir—. Fueron tres sesiones para aprender a relajarse y ver su cuerpo como una parte integral de su mente: me duele MI brazo, en lugar de me duele EL brazo… aprender a viajar por su cuerpo, por sus órganos, por su sangre. Es decir, buscar ríos y cascadas en el sistema circulatorio.
Para nosotras que estamos en la búsqueda del equilibrio y la armonía, sentirnos en contacto con la naturaleza es contemplar nuestro mismo cuerpo, cuando éste se hunde, se suelta; los pensamientos se aquietan. La serenidad sosiega al miedo.
Una señora cuarentona que había estado callada empezó a llorar contando la crisis que vive en su matrimonio. Aparentemente su esposo, quien ya se acerca a los cincuenta, se está buscando sin encontrar respuestas y poniendo en ella parte importante de su misma frustración. Escucharla hablar era fuerte para todas. Sacamos el Tarot seguras de que las cartas traerían una respuesta y todas nos sumergimos en ese viaje hasta las tres de la mañana. Compartimos nuestras angustias, reflexionamos y de pronto salió alguna que otra mamada que nos hizo llorar de risa. Todas tuvimos la capacidad de burlarnos de nosotras mismas reflejándonos una en la otra.
Al día siguiente yo seguía completamente sumergida en los designios de la baraja cuando Pini me avisó que la alberca estaba la temperatura perfecta, y me preguntó si quería darme la oportunidad. Corrí a ponerme un traje de baño. Pensé que no lograría relajarme, pero con toda naturalidad me acosté en sus brazos, y dejé que moviera mi cuerpo de un lado a otro. La idea de la placenta vino a mi mente de manera natural. Pensé en mis hijas dentro de mi vientre… las extrañé. Luego me trasporté a un mundo sordo con imágenes en blanco y negro. Me vi deambulando por la vida con pasos firmes. Mi rostro iba cambiando y las épocas de mi vida también. Fui desarrollando uno de mis tantos yos, y me fui sintiendo cada vez más plácida. Un estar conmigo a tono; una tregua entre mi realidad y yo. Fue un viaje interno, mudo y obscuro; una placenta enorme en la que yo estaba acurrucada. Pini me levantó suavemente trayéndome del más allá, abrí los ojos y regresé distinta.
Hablamos mucho, dormimos poco y nos reímos más. Me pasé tres días dando y recibiendo apapachos maternales, escuchando a mujeres como yo, hablar de ellas y a mí, de mí misma. Unas procurándonos a las otras. Me necesitaba yo conmigo y cargada de energía, regresé a casa para brindarles a los míos, ese ser que soy yo y que volví a reconstruir.
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