Nora Emilia / 23 - Abril - 09
Húmeda en mi cama
Divorciada y con dos hijas me topé con Victoria en la escalera. Hablamos de lo bien que la pasamos en el viaje a Tepoz. Me invitó el jueves 23 de abril a la celebración del segundo aniversario de la despenalización legal por la interrupción del embarazo hasta la doceava semana de gestación en la Cd. de México.
—El evento es a las 10 de la mañana en la Antigua Escuela de Medicina en el Centro, frente a la plaza de Sto. Domingo. Va a estar el jefe de gobierno del D.F., el secretario de salud del D.F., la directora del Instituto de las Mujeres del D.F. y Marta Lamas —quedamos de ir juntas. Tanga nos interrumpió con insistencia por celular. Como yo venía cargando unas bolsas del mercado, sonó varias veces hasta que lo encontré.
—Estoy saliendo ahorita mismo de Cuernavaca, voy para allá —me dijo con voz apagada—. Ahora sí, Karmen y yo nos dejamos —se hizo un silencio que yo no supe cómo romper—. Esto de las mujeres es muy fuerte. El amor con los hombres se complica mucho menos. ¿Vas a estar en tu casa?
—Claro —contesté—, vente a comer. Victoria se despidió con señas.
—Necesito recobrar mi espacio en este mundo. Volverme a sentir una unidad. Dejar el espejo. Extraño la fuerza de un hombre que me penetre. Jugar a la aventura, quiero quitarme de encima la estabilidad que siempre me ha asfixiado.
Cuando colgamos traté de recapitular cada frase que Tanga había dicho. Las toronjas rodaron por la escalera y tuve que bajar a recogerlas.
Entre mi correo se asomaba un sobre color canela, con premura lo agarré. Mis ojos se fueron directamente a los timbres. Su dirección decía Tepepan. Me sentí observada. Mi corazón se aceleró por la adrenalina que me recorría toda. Tenía unas ganas llenas de curiosidad por leer sus letras. Sabía que me iban a hacer humedecer. Que acabaría por estremecerme. Volví a los timbres. Mi papá es un filatelista que desde 1991, dejó de coleccionar; yo le ayudaba pegándolos con charnelas en sus álbumes gordos y pesados. Con la misma serenidad de observación con que uno tiene que detenerse frente a un timbre, me detuve ante la letra con la que escribió Diego Cristian mis datos y los suyos. La letra no se parecía ni a la de mis hijas ni a la mía. Pude deducir que pertenece a una generación intermedia y me encantó su forma de hacer la letra A. Olí el sobre. Eran las dos de la tarde. El calor me estaba sofocando. Entré a mi baño. Abrí la regadera. Me desvestí y mi reflejo desnudo apareció de cuerpo entero. Me metí al agua fría que poco a poco se comenzó a entibiar. Sentir las gotas sobre mi cuerpo me puso de buenas, feliz.
Las niñas no habían regresado de la escuela y Tanga tardaría todavía un rato en llegar. Tenía una hora para recostarme húmeda en mi cama y revolcarme sola. Sin perder tiempo tomé el Xtreme Lube de Sico, abrí el sobre con mucho cuidado y como si sus palabras me hipnotizarán, como si él lo hubiera adivinado, me desbordé literalmente en su cuento:
“Lo sé de muy buenas fuentes y no tengo razones para no creerlo.
Dicen que en una de las calles del centro (cuyo nombre, aunque quiera, no debo recordar) hay una puertita blanca, hundida entre dos locales, de puertas siempre abiertas al mundo.
Lo cierto es que pocos entran. Llegan ahí, de barrios y calles lejanas, mujeres de todas las edades con tal frescura que ni en las mentes más fantasiosas levantan sospecha.
La puertita da a un pasillo, el pasillo a una escalera, la escalera a otra puertita que tocan tres veces, y sólo tres, como una clave secreta. La suave paciencia de unas manos antiguas la va abriendo poco a poco.
Desde el umbral, la viejita sonríe aunque no las conozca, las invita a pasar sin importar el nombre o la procedencia. Aún quedan negras briznas entre sus trenzas canas, pero su sonrisa chimuela y sus ojos hechos soles por arrugas, nos dicen que ya es (otra vez, después de tantos años) casi una niña.
Las sienta frente al espejo de un gran tocador, cosméticos por doquier, donde hunde en su pelo los cien dedos de un cepillo siempre pulcro. Maquilla los rostros con su lento pulso. Alumbra los labios con tenues colores.
El resultado de tan minucioso ritual nunca es el mismo, pero siempre desemboca en rostros de feliz insolencia, de una clara y limpia coquetería.
Sólo entonces las toma del brazo y las conduce, como pequeñas, hacia el cuarto del fondo. Ellas entran a voluntad propia cuando se sienten lo suficientemente hermosas.
La puerta se cierra tras ellas. Afuera se quedan la viejita, los hijos, el esposo, los miedos, el mundo. Adentro están ellas y solamente ellas por una sola vez, sola una.
El lugar está habitado por una espesa penumbra. Las cortinas oscuras sesgan la luz en perpetuo atardecer de resolanas. No hay en todo el cuarto más que un modesto y pequeño buró. Sobre él van cayendo, con justo doblez, una a una, las prendas de las damas.
Y es aquí, en este rincón único del mundo, en este oasis de intimidad inundada, donde por una sola vez sola, las mujeres pueden dar rienda suelta a la dulzura del amor propio. Alejadas de todo prejuicio y tabú, de toda mirada masculina, varonil opresión, pueden disfrutar en un momento milagroso de toda su feminidad desbordada”.
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