Nora Emilia / 30 - Abril - 09
Veinte pescaditos de oro
Divorciada y con dos hijas desperté el mero día de mi cumpleaños con las noticias de la mañana y con un dolor de garganta que se dejaba venir desde la profundidad de mis oídos. Busqué mi botella de agua a ciegas; no quería abrir los ojos. La mañana comenzaba obscura. Me dolía la cabeza. Tenía la boca seca.
“La mía es una gripa cualquiera”, me comencé a repetir muchas veces mientras escuchaba la radio: “La Organización Mundial de la Salud no recomienda el cierre de fronteras. Por favor, señores, no hay porqué entrar en pánico”. En mi imaginario iba visualizando las chorrocientas películas de ciencia ficción y terror biológico que tantas veces he visto. “En esta época de sequía, nos llueve sobre mojado; hasta nos tembló”, seguía hablando el radio. Luego los anuncios: “Tu salud y la de tu familia son lo más importante. No saludes ni de beso, ni con la mano. Usa el tapabocas. Locatel: 56 58 11 11”.
Marcela entró a mi habitación. La maestra de historia se había comunicado por correo electrónico.
—Quiere un resumen de por lo menos una cuartilla del programa de radio: “El Explicador” que se transmite en la 102.5 FM de MVS con Enrique Gánem y María de los Ángeles Aranda. Pasa a las diez de la mañana todos los días. ¿Por qué nos tiene que dejar tarea esa maestra? Mamá, ¿te sientes mal?, ¿te preparo un té?
—Dos aspirinas —pedí mal humorada, con dolor de garganta y hasta gangosa.
—¿Tienes influenza? —pregunto Regina asustada.
—La mía es una gripa cualquiera —la tranquilicé.
Apagué el radio porque la cabeza me estallaba. Toda la ciudad necesitaba un descanso obligatorio. ¡Qué ritmo el nuestro! Todos correteados por todos.
Llamaron para felicitarme Tanga, Victoria, mis papás y mi hermana Vera. Llamó Fernando de larga distancia. El vecino, todo paranoico, no quiso bajar.
—No tengo fiebre. La mía es una gripa cualquiera; reconozco los síntomas —les decía yo. Todo mundo me aconsejó no salir de la casa. El vacío fantasmal que reina en las calles fue el tema común.
El actor feo con el que he grabado radionovelas llamó para mi sorpresa como a las ocho y media.
—¡Felicidades guapa! Hace un año que no sé de ti —escucharlo me animó. Cuando oyó mi voz más ronca de lo habitual se preocupó por mi salud, pero casi de inmediato, solidario y cuentista como suele ser, comenzó con una historia de Cortázar llamada: “Un pequeño paraíso”.
—Cuenta de un país gobernado por el general Orangu, cuyos habitantes se consideran dichosos a partir del día en que tienen la sangre llena de pescaditos de oro. De hecho —seguía él—, los pescaditos no son de oro sino dorados, pero basta verlos para que sus resplandecientes brincos se traduzcan de inmediato en una urgente ansiedad de posesión. Bien mirado —me contaba el actor feo—, los habitantes son dichosos por imaginación más que por contacto directo con la realidad —yo imaginaba los pescaditos de oro de Cortázar sanando a México, pero irremediablemente pensaba en las calles desiertas de nuestra ciudad. Como en estado de sitio. Mi imaginario social se desataba—. El paso periódico por el corazón constituye la imagen más deliciosa de esta visión interior, pues ahí los pescaditos de oro de Cortázar han de encontrar toboganes, lagos y cascadas —seguía con la historia el actor feo—, es más, cuando los muchachos y muchachas se enamoran, lo hacen convencidos que también en sus corazones algún pescadito de oro ha encontrado pareja. Los ritmos esenciales de la vida se corresponden así por fuera y por dentro; sería difícil imaginar una felicidad más armoniosa.
Un tanto arrullada, me puse a soñar despierta en un cuento personal basado, justamente, en la felicidad más armoniosa. Entre una imagen y otra, sin escuchar el final del cuento, comencé a soñar con que MiDoctor me traía un ramo de flores lilas en mi cumpleaños.
Oí que saludó a mis hijas. Luego, estoy segura que fue él quien puso un humidificador cerca de mi cama. Música de Mozart comenzó a sonar. Un rato después apareció en mi habitación vestido sólo con un tapabocas. Se metió a mi cama, acarició mis nalgas con dulzura y me dijo al oído que para descansar de verás, necesitaba yo estar bien cansada. Sus dos manos comenzaron a recorrerme; mi cadera se conectó a la suya, apretó mis senos con sus manos, me abrigó a su pecho y como lo había descrito Cortázar, comencé a imaginar mi sangre llena de pescaditos de oro jugando a recorrer, cada vez más rápido, mi gran árbol, mis arterias y mis venas resbalando bajo mi frente, llegando a las extremidades de mis dedos, concentrándose en las arterias femorales y en mi yugular. Sus caricias lograron que la tensión y el cansancio de la enfermedad salieran de mi cuerpo con el bramido de un gran orgasmo que me dejó acabada. Dormí con la noción de que los veinte pescaditos de oro no tardarían en multiplicarse y por eso, también, los imaginé innumerables, radiantes, sanando mi cuerpo.
Cuando desperté me di cuenta de que él no había estado ahí. Todavía no amanecía, respiraba yo mucho mejor. “Felicidades bonita”, encontré en mi buró la nota que MiDoctor mandó ayer junto con las flores lilas y un pescadito dorado dibujado en la tarjeta.
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