Nora Emilia / 07 - Mayo - 09
Mis gestos al llegar
Divorciada y con dos hijas me encontraba mejor después de unos días en que la gripe y el pánico fueron disminuyendo. Gracias a los miles de chilangos que huyeron y de aquellos que nos quedamos en nuestras casas, el DF se convirtió en una ciudad despejada.
Mis hijas fueron de las que viajaron a Querétaro con su papá y yo, de las que permaneció escuchando los ruidos nuevos de una capital casi fantasmal.
Los vecinos que nos quedamos en el edificio comenzamos a interactuar de poco a poco. Lo primero, Victoria organizó un intercambio de películas y de libros. La vecina del ocho, que siempre ha sido medio neurótica, habló al supermercado y llenó su alacena de latas, embutidos y pánico. Cuando bajó a pagar, coincidimos en las escaleras. Un cambio de temperatura me hizo estornudar y por más que lo hice en el bozal de mi tapabocas, ella pegó un brincó para atrás y salió corriendo a esconderse en su departamento azotando la puerta. Desde entonces, nada se ha sabido de ella, ni la han visto siquiera asomarse por su ventana. No supe si pedir disculpas o reírme.
El sábado horneé con tapabocas un panqué de plátano con chispas de chocolate y mucha nuez. Harta de estar tan sola invité a Victoria y a mi vecino, quienes valientes aceptaron cenar en mi casa.
—Se comprobó que cuando los mexicanos nos ponemos las pilas, actuamos en unidad. Los gobiernos de la Ciudad de México y el Federal olvidaron sus diferencias partidistas y tomaron las precauciones para disminuir el riesgo de que el virus se siga propagando —mi vecino comenzó a hacerse el chistoso hablando como locutor de radio con una cuchara como micrófono y unos audífonos de Marcela que encontró por ahí—. A unos les parecieron medidas exageradas, otros todavía se sienten engañados y exigen ver a los muertos. Lo cierto es que todos respondimos acatando las medidas y ya recibimos la felicitación de varios países por haber contenido la epidemia, aunque otros nos están discriminando y no nos dejan entrar a sus territorios aún después de que estamos salvando al mundo de una pandemia que se está controlando aquí en México. ¡Sí señores, nosotros estamos salvando al mundo! —nos cagamos de risa los tres.
—La neta es que después de vivir 70 años en una falsa política, nos acostumbramos a no creer, por eso nadie puede afirmar que lo que está diciendo el gobierno es cierto —afirmé yo.
—Todas las teorías que hasta ahora he escuchado como la de las guerras biológicas y el ataque mal organizado contra Obama me suenan más insólitas y poco probables que las que dice Calderón —dijo Victoria burlándose del vecino quien compulsivo y paranoico, casi comió con tapabocas puesto.
De pronto sonó el teléfono, era Diana. Héctor y ella están planeando para el jueves 14 una subasta de antigüedades en la galería Casa de Luna.
—Vamos a subastar objetos de un coleccionista de arte del siglo XVIII. Muebles, arte sacro, jarras, candelabros y algunas piezas de arte moderno. Quizás haya un Tamayo y hasta un Leonora Carrington que no tiene madre. Son más de 80 obras. Enrique Calderón es el curador de la subasta. Tienes que venir.
—Cuenta conmigo —le dije emocionada.
—Es con tapabocas riguroso —no nos quedó de otra que reírnos.
—El turismo va tardar en regresar, eso es lo que nos va a dar en la madre —seguía el vecino con aire pesimista.
Yo, emocionada y cambiando el tono, les conté lo de las antigüedades. Victoria dijo que se apuntaba a visitar la galería y con el pretexto de llevarle un pedazo de panqué a Emilio, bajó a su departamento.
—Es la galería que está en la esquina de Ortega y Carrillo Puerto, en Coyoacan, ¿verdad? —me preguntó en la escalera.
—Exacto —nos despedimos y se fue a dormir.
Cuando entré a mi casa el vecino estaba lavando platos, todavía con el tapabocas puesto; lo conozco bien, sé que comienza a consentirme con pequeñas amabilidades para acercarse a mí. Normalmente después de lavar los platos me ofrece un masaje, un té de canela o sugiere que me acueste en su sofá verde y me lee un cuento erótico mientras va metiendo la mano bajo mi falda. Sentí que se debatía entre su deseo y su miedo de contagio, porque de no querer darme un beso al llegar, varias veces se acercó a acariciarme las piernas. Lo que me sorprendió fue que su plan lo tenía bien claro en la mente.
—Mastúrbate para mí, quiero ver cómo te acaricias hasta arrancarte un orgasmo. No voy a tocarte aunque muera de ganas. Te estoy imaginando desde que anunciaron la pandemia, cuando temí que nos íbamos a morir todos y que estos eran los últimos días de nuestra existencia. ¿Sabes? No me quiero quedar sin tener en mi mente tus gestos al llegar —la idea de que atestiguara mi lujuria sobre unas sábanas blancas, bajo la tenue luz de una pequeña lámpara de mesa y con música creada por el contacto de sus dedos sobre las teclas de su piano, me pareció una salvajada sin una copa encima.
—Tendrás que convencerme —le dije decidida a romper con el tedio y a dejar que insistiera sacando una botella de tequila y dos caballitos para ponernos a tono.
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