Nora Emilia / 13 - Mayo - 09
A mitad del insomnio
Divorciada y con dos hijas, asfixiada con el calor nocturno que en estos días fríos no me deja dormir, pensaba sin remedio y con desgano en el mundo sucio y complejo que hemos construido. ¿De dónde sacar buenas vibras para erotizarme aunque sea un poquito en este insomnio y tocarme toda para tratar de dormir creyendo que el día de mañana el mundo sí va a estar mejor? ¿Cómo catapultar nuestra situación? ¿Cómo poner un granito de arena si todos estamos enfrascados en lo nuestro? Se necesitarían millones de buenas intenciones y de hechos individuales reunidos para hacer un frente sólido... el reto es gigante.
Otra vez, yo, creyendo que puedo encontrar alguna manera de arreglar un poquito este mundo nuestro, me quedé imaginando que los destinos turísticos pueden dar precios especiales y volverse accesibles para “mexicanos en crisis”. Entonces comencé a soñar despierta con la posibilidad de recorrer zonas históricas y arqueológicas con mis hijas y sus compañeros de la escuela. Viajes educacionales donde maestros de historia, civismo y ética convivan con los alumnos fuera de las aulas. Visitar Puebla, Chihuahua, Mérida, Zacatecas, Guanajuato. Que seamos mexicanos los que llenemos los centros turísticos que normalmente están plagadas de extranjeros.
No debería por qué ser tan complicado, sería cosa de organizar bien los detalles y encontrar la manera en que los hoteles se pongan las pilas y ofrezcan paquetes baratos con alimentos incluidos. No sé, igual y suena ingenuo, pero es cuestión de querernos ayudar entre nosotros los mexicanos, dar precios equilibrados y rescatar de una forma armoniosa y digna las dificultades económicas de tantas familias que ahora se quedaron sin trabajo. Conjuntar esfuerzos, replantearnos posibilidades.
Prendida con la idea, me levanté de la cama como resorte y aprovechando que el optimismo llegaba a mitad del insomnio, comencé a buscar en internet opciones. Algo bueno tenía que salir. Por inercia me metí a mi correo y noté que me había llegado un mensaje de MiDoctor con la dirección siguiente: http://www.last.fm/music/David+Nobigrot y una nota que me recordaba la sorpresa del próximo domingo 24. Apreté de manera natural el link y entré a un sitio de música que yo ni idea tenía de su existencia. Apareció en mi pantalla la portada de un disco llamado Tefilá Therapy. Sin siquiera cuestionarme qué era eso, al azar presioné en la parte superior izquierda algo que decía 04-Adonay Maiaj. MP3. En lo que esperaba a que comenzara la música, averigüé en la misma página, que David Nobigrot era un colega de MiDoctor, que además de ser médico, interpreta plegarias judías como una manera de sanar nuestra alma. El rollo me sonó un tanto fumado, pero mientras leía, comenzó una música tan sutil y misteriosa como MiDoctor. Instintivamente cerré los ojos y me regresé a la cama. No logré descifrar en qué idioma cantaba ni traté de entender una sola palabra. Simplemente me dejé elevar con el sentimiento del cantor y mi respiración se fue mimetizando con la de esa voz que parecía estar viva, casi encantada.
Me atrevo a describir su música como una inspiración que cambió mágicamente en ese instante mi alineación en la frecuencia vibratoria del planeta porque logró callar mi mente. Me dieron ganas de tomarme la vida con mucha más calma. El anhelo de volar junto con las notas musicales que salían de aquella prodigiosa voz, me llevó a sumergirme en el mar de sonidos que se fue dibujando en azul. La voz del cantor me transportó a la punta de una pirámide donde una descendiente maya, que bien pude haber sido yo en otra vida, podía sucumbir al ritual de quien la busca con el deseo; de quien a través de los siglos se ha anclado a la ilusión de velar su danza sobre el templo ofrendando su fertilidad a los dioses antes de nutrir con su vida el movimiento de los astros. Con la ayuda de esos cantos pude ver a un jaguar trepar saltando por la montaña de piedras y estucos; llegar a mis muslos y lamer mis costillas. Pude sentir cómo se precipitaba la profundidad de la noche y logré convertirme en las manchas del felino; en los puntos luminosos que centellean sobre la negrura del firmamento.
Pese a haber podido ser brutalmente devorada, suspiré tranquila. Fue como elevarme simplemente por el hecho de existir; respirar era suficiente para tocar el cielo y abrazarme con la fuerza con que se ata un árbol a nuestro planeta. Me sentí en total quietud. La emoción de esa voz me acunaba en el espacio.
No recuerdo en qué momento concilié por fin el sueño. Ni siquiera puedo asegurar que fue la música lo que sanó mi alma, pero estoy convencida de que el cantor logró desprenderme de la terrenalidad.
Lo primero que hice en la mañana fue llamarle a MiDoctor. Me dijo que la cita sería en Bellas Artes, en la sala Manuel M. Ponce a las cinco de la tarde, que igual después cenaríamos con el cantor. Le dije que me había transportado la música, que me quitó el insomnio, que me dormí sintiéndolo a él a mi lado.
También hablé al patronato de la escuela, trataría de convencer a otros padres de familia para encontrar la manera de viajar por México y recorrer con nuestros hijos, los magníficos espacios de este país que ahora están vacíos.
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