Nora Emilia / 28 - Mayo - 09
MI MADRE
Casada y con tres hijos, mi madre y yo hablamos por teléfono rutinariamente por las noches. Ella es el contacto directo con mi padre, mis hermanos y la familia cercana que ahora, con tantas prisas, se ha hecho lejana. Cuando colgamos, me quedo con ganas de decirle cuánto la admiro; afirmarle que quiero que nos veamos más seguido; que por favor cuide mucho a mi papá y que me encantaría que vinieran pronto a comer a la casa, pero se complican los días, las semanas y cuando me doy cuenta, ya pasó otro mes y por cientos de razones poco importantes, nuevamente no nos vimos.
Desde que empezó el asunto de la pandemia se me quedó una sensación rara en torno a la prontitud con la que las cosas pueden descomponerse. No es que no lo supiera yo antes, lo que sucede es que el día a día pasa tan de prisa, que uno deja de apreciar cosas tangibles e importantes como la posibilidad de darse abrazos, besarse y reunirse de manera espontánea. Por eso, sí, creo que fue por eso, que por primera vez decidí festejarle a mi madre en casa, con sus amigos, su cumpleaños número 67.
La idea la tomó por sorpresa porque siempre es ella la que organiza las reuniones familiares. No hay cosa que disfrute más que reunirse con los seres queridos.
Entre mis padres existe una historia de pareja asentada en el amor y el respeto. El factor tiempo los engrandece a los dos. Se han hecho uno a través del tiempo. Caminan hombro a hombro para cruzar alma con alma puentes movedizos, adversidades y grandes logros.
El día que me bajó por primera vez, me expuso con la ayuda de un libro con ilustraciones, todo sobre los espermas, los óvulos y las trompas de Falopio. Nos faltó un capítulo que hablara de la masturbación, los orgasmos, los fajes y de la importancia de esperar a sentirse húmeda antes de ser penetrada. Cualquiera, después de oír esa conversación, hubiera pensado que el amor sólo se hace con el fin de procrear. No contaba que con los consejos secretos que intercambiábamos entre amigas, tuve suficiente para divertirme de lo lindo.
Nunca hemos podido hablar abiertamente de sexo. Recuerdo que unos días antes de casarme me cachó una revista porno, ella se desconcertó y yo le pregunté directamente si no íbamos a tener una conversación seria en torno al tema. No era que yo tuviera dudas de cómo nacen los niños, era que por alguna razón, que todavía no me explico, necesitaba saber que aprobaba con todas sus letras mis deseos más íntimos.
Nuestra relación cambió mucho después de que me casé. Me parece que en ese momento bajó la guardia, dejó de educarme, pudimos ser más amigas… inclusive, para mi sorpresa, me presumía que en su casa “cena a diario Pancho”. Ahora entiendo que era su forma de decirme, sin decirme, lo importante que es tener una vida sexualmente activa, y recuerdo que alguna vez me dijo refiriéndose a una tía que se casó tarde: “mujer que riegan de noche, florece de día”.
Cuando nacieron mis hijas, nos transformamos en cómplices. En ese momento entendí del amor incondicional que se le tiene a un hijo; de las ganas de comerte a besos el capullo que uno engendra. Comprendí que uno se equivoca, que no hay mala voluntad. Fue desde entonces que dejé de lado la lista de mil y un pendejadas que guardaba para reclamarle y acepté a mi madre como parte de mi historia inamovible y personal; como la mujer de la que tuve el privilegio de conocer desde toda la vida; de quien me falta aprender todavía mucho, de la que deseo con toda el alma conocer más.
Nos fascina cantar juntas con mariachis “Como quien pierde una estrella”, preparar las recetas de la abuela, inventar las nuestras y pasear por la sección de cocina de las tiendas departamentales. Tengo una comunión fuerte entre la que ella era entonces y la que yo soy ahora. Una histeria compartida entre mi abuela, que en paz descanse, mi madre, mis hijas y yo.
Se emocionó mucho con la idea de la fiesta. Entre ella, mi hermana Vera y yo preparamos la ensalada de arúgula y parmesano, las berenjenas fritas, los higos secos rellenos de nuez y Tessy trajo el pastel de chocolate en el que apagó las velas. Mis hijas ayudaron a decorar la casa con flores. Marcela le hizo una tarjeta preciosa y Regina le tomó fotos con todos los invitados. Un amigo la complació imitando a Raphael y mi hermano Fernando llamó desde lejos a felicitarla.
MiDoctor llegó con dos botellas de cava para brindar por ella. Cada uno de sus amigos levantó la copa en su honor. Palabras como generosidad, dulzura, tenacidad, belleza, alegría e integridad se repitieron varias veces. Verla brillar al lado de mi padre y tan cerca de su gente me llenó el corazón de orgullo.
La veo y recuerdo que alguna vez leí que Lacan describe las relaciones entre madres e hijas como estragosas… lo llama el conflicto insalvable. Si quiere uno tanto a su madre como yo, ¿por qué es tan difícil estar cerca?, ¿serán las expectativas no cumplidas?, ¿los sueños de cómo tendría que ser la vida?, ¿confrontaciones mudas?… no sé, pero preferí por mucho abrazarla fuerte y disfrutar verla contenta, recolectando besos, abrazos y momentos felices que a ella tanto le gusta atesorar.
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