Nora Emilia / 11 - Junio - 09
Lluvias de luna llena
Divorciada y con dos hijas aprovecho las lluvias de luna llena de junio para equilibrar mi temperatura. Sentir el fresco de la madrugada sobre mi cuerpo desnudo en la terraza me permite liberarme de los calores que me cocinan durante el día. Abro la ventana y me asomo al balcón, después me voy deshaciendo de mi pijama escuchando a la noche, volando entre las estrellas, hasta que no soporto el frío y refrescada me meto a mi cama a descansar.
Reconozco que es una costumbre poco usual, pero para mí ha resultado una terapia de meditación; el insomnio y el calor son ahora el pretexto para estar conmigo de una manera distinta.
Tanga regresó a vivir a la capital, pero ya sin tanto drama; sin ese rompimiento que la tenía deshecha. Lo que le sucede es que necesita una pareja. Su energía es tanta y tan sexual que requiere un con quien permanente para desfogar día y noche todas sus ansiedades.
Ya estaba yo cabalgando en la profundidad de un sueño cuando de pronto un mensajito entró a mi celular. Cuando agarré el teléfono Tanga ya iba en el tercero, los primeros dos nunca los oí. “¿Estás despierta?, ¿estás despierta?” Contesté que sí, y entonces Tanga se dejó venir con un ex novio muy callado que ya le conocía: “El Ostión”.
En lo que él nos sirvió unos tragos, ella y yo salimos a la terraza y nos sentamos a disfrutar de una deliciosa noche de luna llena. Él se quedó dormido en el sillón.
—¡Quítate la blusa! —me dijo desprendiéndose de la suya—. Las noches blancas como ésta lo merecen. No es que la gravedad de luna te vaya a levantar las chichis —se rió—, pero vas a ver qué rico se siente que se te pongan duras un buen rato —recargó los brazos en la silla, se sujetó los pezones con cada una de las palmas de las manos y se las apretó sensual—. Verás que el baño de luna tiene lo suyo.
Se notaba que no quería hablar de Karmen. Pareciera que ella también está saciada con el tema. Se quejaba del calor, decía que tiene que bajar unos kilitos para dejar de sentirse asfixiada. Era delirante verla moverse con tanta naturalidad, parecía una gacela, yo no podía quitarle los ojos de encima. El cuerpo femenino es tan hermoso que si hubiera tenido un lápiz de carbón y un papel no me hubiera cansado de hacer bocetos de su figura.
Fue delicioso comenzar a sentir frío y emocionante que Tanga me acercara sus maravillosas tetas. Traté de parecer natural y me concentré en escucharla.
—…en estas épocas de calor lo más delicioso es comer todo frío, por lo menos a mí, me hace una digestión más fácil: sándwiches, jugos, ensaladas… —me tomó entre sus brazos y entonces sentí sus pechos en mi nuca y su voz en el oído.
A pesar de que me encanta hablar de mis recetas, no pude platicarle de los tacos de lechuga con salpicón de res que preparé el otro día, ni me vino a la cabeza la frase que en los calores me repito constantemente: “el reto radica en la creatividad de los aderezos”. Tampoco Tanga comenzó con el rollo político de cancelar las elecciones y votar por Esperanza Marchita, la candidata virtual de Sergio Aguayo. Me hablaba acomodándome el cabello, me mimaba con cariños.
—El sushi se antoja siempre —dijo metiéndome las manos dentro la blusa—. Lo malo es que tanta soya, a mí, me deja muerta de sed.
Me besó.
Nerviosa, le ofrecí de las nieves que tengo en el congelador y le dije que se quitara de una vez la música electrónica que traía puesta en una oreja; que mis hijas no estaban en la casa, que el aparato que carga lo podía conectar a las bocinas, pero ella no quiso que dejáramos la terraza. Más bien comenzó a encuerarme al ritmo de la música electrónica de Prince Wilson y me colocó el otro audífono en mi oreja. Me olvidé del mundo; comencé a disfrutar con ella.
Tímida al principio, me acarició la piel con cierta desesperación, como si quisiera despedirse del contacto femenino, como si no fuera a mí a quien tocaba.
“El Ostión” se incorporó. Tanga leyó sus intensiones y con un gesto claro, le dijo con señas, que ella bien prefería que no me tocara, que el “El Ostión” la atendiera a ella nada más.
No sé qué tanto ruido hacíamos, pero de pronto nos dimos cuenta que mi vecino nos estaba tomando fotos desde arriba. Los tres nos congelamos en instantes posando para su cámara. Jugábamos a ser chicos malos de revistas porno. Su presencia nos erotizó. Entre caricias y miradas, Tanga me contaba con detenimiento su tristeza. Pude entender que iba a extrañar mucho su relación con Karmen.
—Un condón, por favor un condón —comenzó a gritar Tanga. El fotógrafo, cagándose de risa, nos aventó un Sico. “El Ostión” se lo puso rapidísimo y se agarró de las nalgas de Tanga. La lluvia de luna sobre nuestra piel, el frío de la madrugada, las caricias de Tanga y sus ganas, dejaron que yo me transportara. La noche estaba tan blanca que pude ver sus gestos al venirse y no sé exactamente qué me hizo ella, pero me vine fuertísimo yo.
Estoy segura que en otra ocasión me hubiera quedado con la cruda de la palabra bisexual rondando en mi cabeza, pero esta vez no; agradecí haber viajado hasta la luna. Despedí a mis amigos y me quedé volando entre sueños y fantasías muchas horas más.
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