Nora Emilia / 18 - Junio - 09
Candidato
Divorciada y con dos hijas me topé con uno de esos amigos de antaño que uno no ve desde la prepa. Él estaba rodeado de gente, pero al dar una vuelta, de pronto lo reconocí. Quedamos de frente y él me llamó por mi nombre, así que sin querer interrumpir, me acerqué a saludar. Me sorprendió verlo de candidato para algún puesto político.
La última vez que nos vimos, no parábamos de hacernos preguntas de cuántos hijos, cuántas vidas, cuántos años. Nos acordamos de las galletas de nuez de mi abuela, de las desveladas hasta las cuatro de la mañana en que nos quedábamos dizque estudiando historia, literatura o ética. Nunca nos echamos un faje, era como mi hermanito. Ahora se había convertido totalmente en otro.
—…porque lo mío es la política —siguió la conversación que al saludarnos interrumpió—. Estoy más comprometido ahora que nunca… entiendo lo que necesita nuestro país y estoy dispuesto a invertirle todo a mi patria. Mi verdadera vocación está en esto. Amo a mi pueblo y quiero hacer por México lo que nunca he podido hacer desde mi trinchera. ¿Cuento con su voto, verdad? —lo escuché decirnos a todos.
Habló de él diciendo que tiene el coraje para cambiar las cosas que todos deseamos corregir en nuestra sociedad, que va a poder con las insuficiencias, que se ha convertido en un hombre empoderado y proactivo, que por eso lo eligió su gente.
—Súbete al coche; voy para el sur. Tengo ganas de platicar como en los viejos tiempos —me dijo al terminar su discurso, y yo, con el deseo de compartir un momento con mi amigo, obedecí. Mala hora en la que lo hice.
Primero me sacó el rollo de la violencia en nuestro país, de la corrupción y el bienestar. Hablaba de que él sí iba a poder hacer la diferencia.
—Vota por mí, ya verás, con el poder en las manos, generamos el cambio. Por fin estamos listos —volvió a insistir con un brillo raro en los ojos. Todo lo que he aprendido ahora me va a servir para darme a la tarea de entender a nuestra sociedad. Seguramente por eso nunca me llenó el rollo empresarial —comenzó a entrarme un enojo contra nuestro sistema, pero lo que me generó de plano furia, fue la forma en que señaló a dos tipos gays que estaban de la mano ahí cerca—. Entre mis propuestas está prohibir los desfiles de depravados como el que se dará el próximo 20 de junio en Reforma, no los soporto. Si gano, te prometo que ése será el último. ¿Quién los quiere ver desfilar del Ángel hasta el Zócalo? Por favor, que se metan de nuevo al closet —dijo seguro de sí mismo y su chofer volteó a verme por el espejo retrovisor. Sentí vergüenza—, que cada uno sea lo que sea, pero en su casa. ¿A poco no te molesta que salgan a desfilar? Si gano, no te preocupes, eso se acabó, te lo aseguro. Pero tienes que apoyarme, dile por favor a todos que es conmigo con quien México está en buenas manos.
Es cierto que desde chico siempre tuvo carisma y seguridad, pero escucharlo ahora me daban nauseas. Le recordé la frase de Gandhi: “El reto de nuestra civilización es generar la unidad en la diversidad”, pero no pareció entenderla. No podía creer en quien se había transformado. La última vez que lo vi recordamos nuestra relación como algo que nació tan natural en esas épocas, que incluso se hizo hermano de mis hermanos, cocinaba con mi madre. Era del tipo de hombre que hasta mi abuelito lo quería; se la vivía en mi casa. Nos hicimos uno.
—Estarás de acuerdo con que nuestra sociedad necesita huevos, ¿verdad? —me preguntó—. Somos una máquina de ideas, un grupo que sólo piensa en cómo beneficiar a los que más lo necesitan —en lugar de escucharlo opté por acordarme del chavo con el que viví historias viajando en un Valiant rojo que nos llevaba a todas partes y de la cruda de cigarro que nos dio la vez que en una de esas cafeterías naranjas nos compramos unos Del Prado, dizque para aprender a fumar; de las pintas de la clase de inglés; de cuando me casé yo… creo que ahí fue cuando dejamos de coincidir por siempre.
En lo que me hablaba de sus planes, pude ir viendo en su rostro las arrugas que no le conocía; estaba frente a un hombre que no parecía tener mi edad, un candidato que hablaba sin hacer pausas. Ninguna de sus razones me hacía sentido, así que lo desvié preguntando cuánto llevaba sin coger y el chofer volvió a verme por el espejo retrovisor, esta vez lo caché mirándome las piernas; disimulado, sonrió.
La pregunta lo tomó por sorpresa. Se puso serio y a la defensiva. Dijo que eso no tenía porqué contestarlo, que él y su esposa se sienten orgullosos de lo que han formado, que son muy unidos y que ella lo estaba apoyando al cien.
—Ya, sin contar a tu mujer, ¿cuánto llevas sin hacerlo rico, bien? —lo miré a los ojos. Desvió su mirada.
—No entiendo a dónde quieres llegar. Eso es muy personal, ¿no crees?
No supe ni en qué partido milita, ni siquiera la frase hecha que inventaron sus creativos para hacernos creer que quiere a México. Me encantó verme más joven, de no parecerme en nada y me salí del auto. Al despedirme lo hice con el deseo de no volver a encontrármelo en otros diez años y le pedía a Tlaloc que llueva y que un hombre como ése, no nos represente nunca.
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