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Nora Emilia / 25 - Junio - 09

“EL CHELIS”

Divorciada y con dos hijas me encontré con Tanga a eso de las seis. Me llamó para aprovechar la tarde fresca y sin lluvia, para caminar por el parque México bajo el cielo azul y tener una de esas conversaciones íntimas y sexuales que con ella siempre son una delicia.

Con eso de que regresa a su vida de heterosexual está renovando sus relaciones. Como odia pasarse las noches en soledad, anda buscando enamorarse con toda la pasión y el alma.

—Me estoy dando a un amigo de la infancia que reencontré hace tiempo, un tipo que se dedicó a trabajar en Banamex veinte años de su vida, aunque su verdadera pasión siempre fue el Fútbol. Todos lo llaman “El Chelis”, como el actual entrenador de los Camoteros del Puebla, ya te había contado de él, ¿no te acuerdas?

         La neta, no me acordaba.

—“El Chelis” perdió su trabajo por la crisis económica —seguía Tanga—. Ahí fue donde volví a saber de él. No sabes lo mal que se encontraba: agobiado con gastos y deudas por todos lados, entre ellas la hipoteca de su casa. Escucharlo me rompía el corazón porque “El Chelis”, siempre ha sido de esos hombres derechos y honrados, lo que pasa es que su verdadera vocación no estaba ahí, trabajaba por ganarse un sueldo, mantener a su familia dignamente y no pasar por la vida como uno de ésos que no sirven para nada.

Ya estaba yo escuchando el tono maternal de mi amiga Tanga, ése que le da cuando tiene que defender a los hombres poco atractivos que mete a su cama. Comienza a encontrarles atributos, a quererlos proteger y siempre acaba firme con que el buen sexo le cambia la vida a cualquiera.

         —No sabes, “El Chelis” se la pasaba deprimido en su casa escuchando “Nobody wants you when you’re down and out” de Eric Clapton, lamentándose por su mala suerte, pensando que la vida era injusta, y que la pérdida de su trabajo era una señal que lo estaba llevando directamente a la mierda. Su esposa lo presionaba día y noche para que buscará un trabajo hasta que lo mandó de plano a la chingada. Desesperado, decidió llamar a todos sus conocidos para ver si alguien le ofrecía una chamba, no importaba de qué, ni de cuánto. Necesitaba trabajar.

—¿Entre sus viejas amistades estabas tú? —adiviné lo que seguía.

—Lo oí tan mal, tan deprimido; nada que ver con aquel chavo optimista que me encantaba. De cualquier forma, le comencé a dar una terapia de regresión. Una vez por semana venía a Cuernavaca y platicábamos como en los viejos tiempos, yo lo cuestionaba: ¿cuál es tu recuerdo más lindo?, ¿tu momento glorioso?; ¿en qué episodio de tu vida quisieras congelar el tiempo? Siempre regresaba a cuando era el capitán del equipo de fútbol en su prepa; decía que entonces se sentía el wey más popular de todo el mundo; me describió los goles que anotó entonces y los que como defensa pudo parar; por último, me confesó que varias noches se masturba pensándose en la cancha.

—No mames, ¿te cae?

—Te lo juro. Me contó que su vieja ya ni una cascarita se echaba con él, que no lograba meterle ni un tiro de esquina, que siempre sacaba la defensa cuando él quería irse por el área, hasta que de plano, terminó expulsándolo de la cama… Karmen, le ayudó a conseguir una chamba de entrenador de fútbol en la secundaria donde una amiga de ella es directora. El trabajo no está muy bien pagado, pero le queda cerca de su casa y “El Chelis”, no le puso peros al asunto. Ahora hace lo que verdaderamente le apasiona. El equipo va de maravilla.

—¿Cuándo lo viste?

—Le hablé a dar la noticia de que ya vivo en la capital y me invitó al partido de cierre de temporada. Yo lo fui a visitar a un entrenamiento porque en el mero partido ni me iba a pelar. No sabes, lo vi totalmente distinto; se veía contento, seguro de sí mismo y de lo que estaba haciendo. Con los shorts de entrenador y con el cuerpo bien sudado, me movió el tapete muy cabrón.

—Puta, ¡qué rico! —le dije saboreando lo que seguía.

—El entrenamiento terminó un poco más temprano. En cuanto me vio supo que tenía planes más importantes para esa noche. Nos echamos un faje en dos tiempos de cuarenta y cinco minutos, y ya sabes, yo me quise ir a tiempos extras, porque he aprendido en este último año a hacerlo con mucha más calma, pero nada, tuve que conformarme con un gol de oro.

—Cuéntame más, ¿lo vas a volver a ver?

—Cuando terminamos se quedó mirando el techo y me dijo que la crisis le presentó la oportunidad de abandonar un trabajo que no le apasionaba. Su tono y su firmeza me hicieron pensar que estaba frente a un hombre al que no le interesa el dinero, la política, ni el poder… un hombre que le da la importancia a lo más valioso de este mundo: ser feliz todos los días. Tú sabes —me miró Tanga a los ojos—, para mí, la vida entera es un intercambio, con que se me pegue eso, con que pueda volverme a levantar sólo para estar contenta todos los días, con eso ya tuve; quiero volver a coger sin tanto pedo.

Hubiera podido pasarme toda la tarde escuchando los detalles de cómo “El Chelis” cabecea, hace fintas para luego anotarle un gol a Tanga, pero ella se puso a hablar de Fútbol con dos tipos que acabaron en nuestra mesa.

Al llegar a mi casa me di cuenta de cuánto extrañaba salir con mi amiga y me sentí feliz de que ya estuviera de vuelta por acá.

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lachulanga@gmail.com

 

Sico Endora