Diego Cristian / 09 - Julio - 09
Nora Emilia
Soltero y sin hijos, la vi por primera vez hace unos cuatro meses. Era un sábado por la mañana. Yo había invitado a Lorena a la galería; una de esas amigas a las que llamas “amiga” para jugar cínicamente a los amantes.
El lugar estaba vacío cuando llegamos. Había una exposición de Rosaura Rodríguez, artista puertorriqueña. Entre óleos los objetos se nombraban a sí mismos y tan pronto tenías una gigantesca chancleta dibujada con el letrero “Chancleta” al centro como una zanahoria con el grabado “Zanahoria” entre las arrugas de su superficie. Suena muy simple, pero los cuadros guardaban una gracia de sutil inocencia que terminaba por colmarlos de un aliento delicado, perspicaz.
Daban mucho que pensar: La sensación de las cosas que se nombran recapitulaba aquel primer momento en que el hombre puso un apelativo a cada objeto del universo. Había mucha magia en ese acto primigenio. Nombrar las cosas es apropiarse de ellas y de alguna manera cada cuadro recuperaba ese hechizo.
A grandes pasos de tacón entró aquella mujer. Comenzó a ver la exposición muy cerca de donde estábamos nosotros.
No pude pasar por alto su vestido negro ni su peinado de broches serenos, ni sus pestañas, ni sus ojos, ni su sonrisa, todo tan en orden uno con lo otro. Amé sus piernas desnudas, su suave postura y el timbre ronco de sus labios. Por un momento me olvidé del hombrecito que en el pecho llevaba escrita la palabra “Enano” y de la prostituta y su cartel de “Puta” en sendos cuadros.
Seguimos viendo la exposición, pasando de cuadro en cuadro a capricho, como si bailáramos. Aquella mujer era mayor que yo, se le veía en los labios, en la elegancia. No pude evitar pasear mi mirada por su silueta. Sólo una vez se cruzaron nuestros ojos. No fue mucho tiempo, pero sí lo suficiente para que una fina hebra de mi sangre se encendiera.
En algún espacio entre las piezas, Lorena tuvo que ir al baño.
En la exposición quedamos solamente ella y yo.
—Impresionante, ¿no te parece? —preguntó en voz alta. Tardé un momento en entender que me hablaba a mí, aunque era obvio. No supe qué contestar, o cómo, o si tenía que hacerlo. Me acerqué hasta el cuadro que ella estaba viendo, en silencio.
Ninguno de los dos apartamos la vista de la pintura. En la acuarela había tres objetos. Del lado izquierdo, un pincel azul con la leyenda “Pincel” en el medio. Al centro un lápiz amarillo con “Lápiz”. A la derecha un bolígrafo rojo con “Bolígrafo”.
La llamaron por su nombre desde afuera. Salió de la habitación pasando en frente de mí, sin verme. Yo caminé de regreso al cuadro en que me había quedado repitiéndome en silencio ese nombre para no olvidarlo.
(Esa noche tuve un sueño bellísimo.
En la oscuridad absoluta de una noche sin estrellas, hacía el amor. Sobre mí, a horcajadas, estaba una mujer, cuyo cuerpo y rostro no alcanzaba a percibir en la negrura de esa nada. Mis manos se pasearon por su cadera y la sostuvieron con fuerza guiando su movimiento. Mis palmas abiertas vagaron por su vientre terso, por sus senos y palparon su rostro tratando de reconocerlo. Su boca apretó mis dedos. De pronto, sobre mi pecho desnudo, sentí la humedad de un pincel que iba delineando lentamente las letras de un sortilegio. Era su mano, era su tinta negra que escribía en mi pecho esa leyenda: “Nora Emilia.”
Desperté en la noche, sin aliento. Esa mujer tenía que ser mía.)
Lorena, no regresaba así que me fui a asomar a los baños de la galería. Grité su nombre desde la puerta. Escuché un ruido extraño, como un gritito ahogado, en respuesta. Después nada.
Abrí la puerta del baño de mujeres.
—¿Lorena? —Pregunté.
Tras el eco de mi voz sólo hubo silencio. Pero yo sabía que no estaba solo. Quizás a mi amiga se le había ocurrido alguna idea perversa.
Escuché una respiración alterada que hacía vanos esfuerzos por ocultarse. Una bolsa negra estaba abandonada sobre el lavabo.
—¿Lorena? —Volví a preguntar con un tono más juguetón, mientras me inclinaba para ver por debajo de las puertas silenciosas.
Reconocí las piernas desnudas, sobre los zapatos de tacón. De espaldas estaban los zapatos de un hombre formal. Muy cerca. Escandalosamente cerca.
Una ola de calor me subió al rostro. Haciendo el menor ruido posible revisé el interior de la bolsa, la cartera, la licencia de tránsito. Era ella. Nora Emilia.
Saqué de mi bolso un sobre color canela, una hoja y una pluma, de las que cargo siempre. Copié la dirección de su licencia y la guardé en el pantalón.
—¿Ya se fue? – preguntó ella en un suspiro, desde adentro.
Tiré la pluma al suelo para responder a su pregunta. Un sonido de sorpresa llegó desde adentro. Escribí sin pensar: “Para qué caminar si se puede correr. Para qué hablar si se puede gritar. Para qué dormir con tanto suicidio seduciendo desde la alacena…”. Puse en el papel todo lo que me salió en ese instante, lo metí al sobre y firmé con mi nombre Diego Cristian. Dejé toda la trampa en su bolsa y salí del baño con la excitación nerviosa de quién acaba de cometer un crimen.
Lorena había salido a comprar agua. La encontré dibujando en la terraza. Le dije que nos vayamos y sin una palabra más, la fui guiando entre besos y caricias de regreso a mi casa.
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