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Nora Emilia / 23 - Julio - 09

ELIXIR DE ZAFIROS

Divorciada y con dos hijas, llegué a mi casa como a eso de las seis de la tarde y ahí, me estaba esperando una caja que decía: Grupo Editorial Endira. Tlalnepantla de Baz, Estado de México. C.P. 54070 www.endira.com.mx Tel: (55)-5363-7614. El remitente era MiDoctor.

Me quedé estudiando la caja unos minutos. Decidí no abrirla, preferí llevarla a mi cuarto, quitarme los zapatos acostarme boca arriba al centro de mi cama y suspirar fuerte. Cerrar los ojos. Sin duda, algo se le movió a MiDoctor que estaba, muy a su manera, poniéndose en contacto. Me quedé muchos minutos estudiando la caja, imaginando el color de la portada y preguntándome si habría metido una tarjeta, si dedicó el libro, ¿cuál sería el mensaje que tendría yo que descifrar?

         El calor estaba intenso. Me levanté y me vestí sólo con el pantalón de mi pijama, llevé la caja a la cocina y sólo entonces, con el cuchillo más filoso que encontré, la abrí de una tajada.

         En la portada aparecieron las exquisitas piernas de una mujer que estaba dentro de una antigua tina vacía, vestida con un camisón negro, con su mano entre las piernas.

Adoro el olor a libro nuevo, por eso, lo acerqué a mi nariz mientras lo hojeaba. Volví a ver la portada. Con el dedo índice repasé instintivamente las piernas y leí las letras rojas que decían “Elixir de zafiros”. No encontré un mensaje de MiDoctor por ningún lado.

         Cené unos higos frescos y medio vaso de leche fría mientras leía la contraportada. Mis hijas estaban de campamento, con el libro, ya no iba a pasar la noche sola.

Decidí ponerme el camisón negro y transparente que compré hace años y que se parecía mucho al de la portada; había que vestirse para la ocasión. Sin saber lo que en esas páginas me esperaba, me acosté a leer el libro con toda tranquilidad; era, sin duda, una forma poco usual de estar juntos.

El primer capítulo decía así:
“Renté el cuarto, tomé la llave y sin dejar mi bolso sobre la cama me dirigí al baño.

         Como me lo habían dicho, era el lugar privilegiado en ese hotel.

         Saqué el celular de la bolsa y sin pensarlo marqué los ocho dígitos que había memorizado.

         Él era el único a quien podía decirle que estaba ahí. El único que entendería.

-¿Qué haces? - pregunté al escuchar su voz por el auricular.
-Leyendo, ¿y tú?

-Elegí la tina. Quiero un lugar cómodo y blanco. La de mi recámara es negra .

-Me parece una buena decisión no hacerlo en tu casa. ¿Te gusta?

-Me encanta: es grande y tiene varios espejos.

-Métete –ordenó- métete ahora, quítate los zapatos- su voz cambiaba a cada palabra-
no dejes correr todavía el agua. Haz lo que te digo. ¿Cómo vas vestida?, ¿cómo te ves hoy?

-Sebastián, nos encantan los juegos estúpidos, ¿verdad?

-Quiero saber cómo te sientes y también cómo te mojas. Toca las paredes de la tina con las palmas de tus manos, tócate toda, recorre tu cuerpo. ¿Qué ves a tu alrededor?

-El techo es blanco... las toallas, azules...

-Así va a ser la caja donde descanse tu cuerpo: rectangular. No vas a conocer sus paredes; no sabrás su color ni su textura; no la vas a poder sentir.

-...

-Me encantaría tocarte dentro de esa tina, lavarte, prepararte.

- ...

-Ya no vienes a verme. Si estuvieras aquí conmigo te chuparía hasta que no soportaras más; besaría tus pezones y sentirías mis dientes y después mi lengua y a veces te dejaría chupar mis dedos, mis largos dedos que te encantan; recorrería tu piel y cada una de tus pecas; sentiría tu calor y tú el mío.

Él hablaba; yo contestaba con frases cortas: un vestido negro, sí, lo estoy haciendo. Después, me quedaba callada.
No decía nada.

Obedecía y escuchaba.
 
 -¿Estas mojada? Contéstame; quiero hacerte sentir. Te va a gustar tanto cuando me tengas entre tus piernas... Te va a gustar estar cerca de mí. No debes tener miedo; tú a mí me gustas, me encantas.
Poco a poco me dejé llevar por su voz; empecé a tocarme.

         Disfrutaba sentir sus órdenes pausadas al oído y corromperme con su morbo.

         Levanté el vestido para sentir el calor de mi piel, y me abandoné por completo para que me recorriera con su voz abrazando mi energía con movimientos espirales.

         Le respondía con aliento agitado y tembloroso, jalaba mi cabello mientras probaba mis dedos, apreté mis senos, y arañé cara y cuello de un sólo tirón como él lo dictaba.

         Me sentía mojada, cerré los ojos con fuerza, me contraje y entonces me quebré espasmos. Terminé toda.

Cuando pude, abrí los ojos lentamente y recogí el celular que estaba atrás de mi nuca. Colgué y me quedé mirándome vestida de negro dentro de la tina blanca.    Volviendo en mí... Me molestaba la luz del baño tanto como mi imagen en el espejo: yo en una tina vacía, sudando, empapada, pálida, sola y con el alma regresando a mí cuerpo en pequeñas partículas. ¿Qué hago aquí?

         Hubiera querido llorar pero no salían lágrimas, estaba seca por dentro.

         Me desvestí. Llené de agua la tina: quería purificar mi cuerpo, sacarme a Sebastián.

         El baño ayudó.

         Dormí dos horas.

         Me levanté apresurada para volver a mi casa; a mi tina negra donde estaba a salvo”.


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lachulanga@gmail.com

 

Sico Endora