Nora Emilia / 30 - Julio - 09
MARCELA
Divorciada y con dos hijas, recibí muy emocionada a Marcela, mi hija de dieciseis, después de dos semanas de campamento, con la ilusión de pasar con ella tres días completos de tiempo-calidad. Íbamos a estar solas porque Regina terminaba su campamento unos días más tarde.
Marcela es ya una mujercita que, como tantas de su edad, cree saber mucho más de lo que en realidad entiende. No tiene ganas de escuchar a los adultos y está mejor conectada al mundo cibernético que al real; navega por páginas que yo no imagino y es mucho más hábil que yo en eso de bajar fotos y canciones.
Cuando mi vecino me habló de su amigo Genaro, director del campamento PIPIOL en Valle de Bravo, y del programa de entrenamiento para chavos de 16 y 17 para convertir a los integrantes en JEEP (Jefe En Entrenamiento Pipiol), no dudé en hacer lo necesario para que su papá la inscriba; le expliqué que el programa promete una capacitación completa para convertirse en el futuro en un guía PIPIOL.
-A este campamento le llegan a Genaro jovenes de diferentes partes de la república, esta vez viene un grupo de Mexicali –me contaba mi vecino quien desde chico había asistido a la hacienda- la madre de Genaro fundó este concepto y Genaro y su familia lo han mantenido de pocamadre.
Que mis hijas asistan a campamentos se me hace la forma perfecta para desconectarlas de la computadora; para que esten en contacto con la naturaleza y el que ahora vaya acompañado de un entrenamiento, se me hizo genial.
Fue necesario pasar por una entrevista y firmar un compromiso. Mi hija, como tantos otros chavos de su edad, tiene una independencia cibernética absoluta y se la pasa en reuniones virtuales hasta altas horas de la noche.
El objetivo de PIPIOL se cumplió; a pesar de que Marce se fue medio a regañadientes, regresó feliz. Hizo caminatas, rappel, aprendió a encender fogatas, a hacer diferentes tipos de nudos y hasta tomó cursos de primeros auxilios. El campamento logró desconectarla de su mundo cibrernético y hacer amigos de carne y hueso.
Algo muy complejo está sucediendo con la generación de mis hijas, podría asegurar que su potencial está subutilizado; es como si la apatía fuera una enfermedad contagiosa, nada los motiva, se apasionan con dificultad; yo los percibo más bien desencantados.
Total que planeé tres días enteros para estar sola con ella al termino del campamento.
Como llegó exhausta el primer día, durmió más de catorce horas. El segundo, nos fuimos al centro con el pretexto de comer unos chiles en nogada. Marce llevaba su cámara y jugamos un rato a las turistas.
Comunicarse con adolescentes es complicado, primero por la brecha generacional, pero además, con tanto aparato electrónico, se ha vuelto casi imposible comunicarse mientras que habla al mismo tiempo que teclea en su celular mensajes, juega a un jueguito o me muestra fotos que tiene grabadas en la memoria de su cámara. Como la prioridad para mí era pasarmela bien con ella, traté de no hacer mucho alarde de la sensación de que me escuchaba a medias.
—Ma, literal estoy oyendo todo lo que dices; puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo —me dijo cuando me harté de que su mirada esté en otro sitio.
Entre una foto y otra los comentarios que empezaron siendo triviales comenzaron a ser más específicos, más aún cuando el mismo chavo se repetía varias veces entre las fotografías. Pude notar un brillo especial en sus ojos cuando me hablaba de él, supe que algo importante pasó entre ellos; pero entre más trataba de indagar, ella más se cortaba.
En ese instante hubiera querido contarle la parte del libro de Elixir que la semana pasada me regaló MiDoctor, donde se explica que el amor es hacer explotar el alma en miles de millones de pequeñas partículas que regresan a tu cuerpo en cámara lenta y que se intercambian con la persona con la que uno está volando, que esas partículas sobreviven en los cuerpos, que por eso siente uno cerca por horas a la persona amada, pero que hay que fijarse bien, porque si no hay amor, esas partículas del otro impregnadas en tu cuerpo, no dan placer, sino que queman, restan amor propio, pero ella no me dio entrada y al final me rendí.
—Cuando tenga experiencias sexuales hablamos, Ma —me dijo cortante— mientras no las tenga, hablemos de otras cosas. No te preocupes ya me han dicho como debo cuidarme. Sé de los condones y de las pastillas, lo tengo súper claro, todavía no estoy en eso, cualquier cosa te pregunto, ¿va? —me quedé helada con su respuesta.
¡Qué difícil se vuelve hablar de lo que ella no pregunta! Me quedó claro que que ahora el reto sería saber escucharla.
Al día siguiente, Marce hizo plan con sus amigos. No insistí en que pasaramos otro día juntas. Aproveché para poner en orden el inventario de obras a exponer a partir de septiembre. Le llamé a Victoria para comer y me quedé en su casa hasta tarde; mis planes de tiempo–calidad madre e hija requerían, por lo visto, de menos horas de las que yo había reservado; aparentemente el secreto de la maternidad actual es dejar que tus hijos te necesiten.
|