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Nora Emilia / 04 - Septiembre - 09

A conquistar del día

Divorciada y con dos hijas dormitaba completamente desnuda en la cama de mi vecino. Habíamos hecho el amor por casi dos horas sin preámbulos ni condiciones. Yo estaba en mí, pensando en él, tomando fuerzas para seguir el día, mientras escuchaba su voz de fondo, sin entender lo que me decía; y es que cedo a su placer sin cuestionarlo, sus ganas me seducen de una manera violenta. Él sabe bien que en mi hogar tiene una familia y yo, en él, un amante que me acaricia suavemente el cuerpo, toca el piano mientras me escucha y sabe bien cómo darme placer.

Fue el lunes. Eran las siete y veinte de la mañana cuando el camión del colegio pasó por mis hijas, ya iba yo de regreso a mi cama para dormir diez minutitos más, cuando me di cuenta de que estaba chispeando y la sensación de lluvia temprana desvió mis deseos. Ni lo pensé. Tomé mis llaves, una taza de café bien calientito y envuelta en la cobija de franela azul toqué el timbre con insistencia. Como no contestó, abrí la puerta con la llave que me dio hace tiempo y entré directo a su recámara. Lo desperté con mimos lista para ofrecerle amor del bueno.

Cuando estoy con él fluyo en dirección correcta; no me atrapo en ideas tontas ni en complicaciones. Me siento una vela de barco navegando con ritmo a mis anchas. El mundo se convierte en un mejor lugar entre sus caricias. No me asusta llenar el cuarto con gemidos, ni retorcerme toda para entregarle un plácido orgasmo que se va a quedar marcado en la comisura de mis ojos.

Adoro escaparme del mundo con él y desprenderme de la terrenalidad que tanto pesa. Cuando levanta mis piernas al aire, siento como si levantara mi ancla y yo pudiera navegar por donde me de la gana.

Poco a poco iba yo recobrando el ritmo de mi respiración y mi lugar en la tierra mientras su voz me platicaba. No tenía fuerzas para interrumpirlo. Al cabo de un rato, tomé el hilo de su monólogo y me incorporé, pero su conversación me sacó de la serenidad post-orgásmica para llevarme de tajo a otro mundo.

—… entonces ¿cómo ves?, me voy a vivir a su departamento y él se viene a vivir al mío.

—¿Quién? ¿Cuándo? —reaccioné sobresaltada.

—Todavía no tengo la fecha exacta, pero lo estoy cocinando —contestó emocionado.

—¿De qué hablas? ¿Quién es él?

—A ver, te explico de nuevo. Encontré una página de internet donde puedes intercambiar tu depa con el de alguien más. Llevo tres meses sin chamba, haciéndome pendejo. Como están las cosas, no creo que caiga nada en septiembre. Quiero aprovechar esta tregua para hacer algo que toda la vida se me ha antojado: vivir cerca del mar, fotografiar el mundo submarino; por eso, estoy conectándome con un tipo que quiere vivir una temporada en la ciudad. Voy a intercambiar mi depa con el de ese güey por tres meses.

—¿Tres meses? ¿A partir de cuándo? —La angustia me atrapó el pecho en ese instante. Acabábamos de celebrar que nos terminamos la caja de nueve Sico en menos de dos semanas y él ahora, queriéndose ir a vivir al mar por unos meses.

—Lo que quiero saber es si puedo contar contigo. Necesito que estés pendiente, que me ayudes un poco, guardar algunas cosas en tu casa, en fin. Tienes mis llaves y bueno… que cheques que el tipo cuide bien mi depa… No sé, tú sabes...

—¿Me estás hablando en serio? —No tuve ganas de decirle que no se fuera, lo que se me antojaba era empacar mis cosas e irme con él. Sentí claustrofobia por no poder salir corriendo con la misma facilidad. Me vi anclada en las obligaciones del mundo que yo me he creado y por el que me rompo la madre todos los días. Envidié la postura con la que él va por la vida, su desapego. Su libertad. —Claro que te hago el paro, yo te la cuido con gusto —mentí. Me volví a poner pijama, me cubrí con mi cobija azul y salí de su casa con la taza de café helada en la mano.

Hubiera querido encontrar una palabra que encierre la sensación de iniciar un día nublado con el ánimo por los suelos; romper a madrazos el radio para no escuchar de la crisis, el gasto público y el desempleo.

Volverme a dormir fue mi primer impulso, pero aproveché que había agua para darme un regaderazo y dejar que la frustración se fuera por el caño. Me cobijé en mi cama para agarrar calor. Cuando me levanté, el día se había despejado.

Me puse guapa y a eso de las diez de la mañana, salí sosteniendo el ánimo en alto, con ganas de ejercer la libertad que sí tengo, porque a pesar que hay cosas que no tienen vuelta de hoja, sabía que con mi vecino o sin él, tenía que salir a conquistar el día.


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lachulanga@gmail.com

 

Sico Endora